TikTok y el mal como espectáculo


En las últimas semanas, Venezuela se ha visto atravesada por una serie de debates en torno a la influencia que tienen las redes sociales en los jóvenes. Un reto viral conocido como ‘rompecráneos’ se extendió con rápidez en los colegios venezolanos. Se hizo popular por la red social TikTok, y dejó no pocos daños.

La violencia contra quien es víctima de este reto sensibilizó inmediatamente a la sociedad, y se multiplicaron las campañas y los llamados para detener la propagación de estas prácticas.

TikTok se ha convertido en poco tiempo en la red social favorita entre los jóvenes de 13 a 25 años. El formato de videos que no sobrepasan los veinte segundos y su interfaz intuitiva y flexible para la edición de videos le han colocado entre los primeros lugares de descargas de las plataformas de Apple y Android.

Los retos virales a través de ella se han masificado y diversificado conforme avanza su potencial para influir en los seres humanos.
Sin embargo, tal y como explica la periodista venezolana Cristina González, a la hora de informar sobre los hechos sociales no basta con ser acuciosos. Hay que tener la entereza y la capacidad necesarias para usar un ojo de pez, es decir, una mirada lo suficientemente amplia como para que el acontecimiento no pase por alto los factores que lo rodean y explican.

El peligro que entraña usar el daño a otro ser humano para entretener urge a adoptar esa mirada amplia sobre una característica distintiva de estos tiempos: la viralización del mal.

No es solo TikTok

Conforme los llamados de alerta y reflexión sobre la práctica de romper cráneos crecían en televisión y en las propias redes sociales, era imposible dejar de pensar en cómo estos fenómenos llamados retos virales se hacen cada vez más cotidianos en la sociedad.

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En líneas simples, un reto viral consiste en someterse o someter a otro, a una situación potencialmente peligrosa y grabar en vídeo la acción para luego ponerla a disposición a los espectadores. La recompensa llega en forma de likes, más exposición pública y la promesa de una efímera fama.
Las redes sociales han transformado el mundo en un gran coliseo romano. Solo que ahora, la esclavitud y la exposición a la muerte se hacen de forma voluntaria.

El fenómeno del coliseo y lo que ocurre dentro de él no es desconocido para los poderosos.

El 2 de junio del 2019, Bilderberg discutió en su reunión anual la armamentización de las redes sociales. Para ello, trajo al experto Peter Singer, quien dijo sin cortapisas que el mundo digital se ha “convertido en un nuevo espacio de batalla”, y en dicho lugar todos nosotros “somos los objetivos de dicha guerra”.

La naturaleza de esta guerra está por definirse, o al menos sus intenciones explícitas. Lo que sí que tienen claro es que el mundo digital ha sometido al mundo real a lo que la investigadora Melinda Davis define como un estado de semiconsciencia colectiva, donde lo virtual “ya no es un universo alternativo, sino el mismo universo” y “los valores, las imágenes, los procesos y las pautas de la pantalla primaria conforman hasta lo que sucede fuera de la pantalla”. “La pantalla primaria es la nueva vida real, el macromarco en el que moramos”.

Si usted, lector, echa un vistazo a su círculo cercano, ¿podría contar a las personas cercanas que se encuentran mirando una pantalla? Lo viral no se circunscribe a una determinada red social; hablamos de un fenómeno cuyos efectos a largo plazo apenas estamos descubriendo.

El efecto lucifer: de lo digital a lo concreto
Pasamos cada vez menos tiempo en el mundo de carne y hueso y mucho más en el imaginacional. La pantalla se ha convertido en la puerta de entrada, el vaso comunicante entre ambos planos.

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Al utilizar la metáfora del coliseo romano, pienso en por qué somos capaces de obrar el mal para divertir a una audiencia a la que apenas le importamos.

Recurrí al libro de Philip Zimbardo El efecto lucifer para tratar de entenderlo. La pregunta inicial de Zimbardo es simple: ¿por qué la gente buena se vuelve mala?

La maldad “consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”, apunta el investigador.

En este caso, Zimbardo plantea que la psicología ha tratado de explicar la trasformación del carácter humano en distintos estadios. Un nivel “disposicional” o individual (manzanas podridas), uno impulsado por las fuerzas situacionales o del contexto (el barril malo), y otro en el que coinciden las influencias del sistema político, social y cultural (los hacedores del barril malo).

Al observar el reto viral rompecráneos bajo el esquema de Zimbardo es posible considerar que los muchachos que causan daño a su compañero no son absolutamente responsables de la maldad que infligen.

Para el investigador, existen aspectos que son dejados de lado. En este caso, los denomina fuerzas situacionales. No hay manzanas podridas, sino barriles malos y personas que construyen dichos barriles.

Texto completo en Sputnik


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